Gente bien

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Mayra no era la chica más popular del bachillerato. Era más bien solitaria o, como solía decirle su mamá: “rara”. Nadie le escribía comentarios melosos en sus fotos de facebook ni las llenaba de likes o caritas felices. Casi siempre usaba el mismo tipo de pantalones flojos y playeras oscuras. A veces, en casa le reprochaban su aislamiento y le exigían que hiciera amigos y dejara de estar encerrada en el cuarto que compartía con su hermana.

-¡Ay, hija! ¡Sal aunque sea a que te dé el aire! ¡A tu edad y aquí encerrada! ¡Ya quisiera yo poder disfrutar la vida andando de aquí para allá! ¡Pero no! Yo no tengo ni un rato de descanso gracias a tu padre. Apenas me salgo tantito y ya está fregando con que dónde ando y que si ya está la comida… Así es la vida de las mujeres hija: nomás te casas y te vuelves una esclava del marido. En cambio tú… aún eres libre ¡Deberías aprovechar!

-¿Libre? ¿Yo libre? ¡Sí, claro! –exclamó Mayra en tono burlón-. ¿Sabes hasta dónde llega mi libertad? ¡Hasta donde me alcance para el pasaje, o sea: de aquí a cuatro calles! Si tuviera dinero y permisos para viajar por el mundo, otra cosa sería.

-Bueno, hija, es cierto que a veces no te damos permiso. Pero no es por ti, sino porque este país está cada vez peor, lleno de gente malvada. Ya ves cuánta cosa sale en las noticias: asesinos, rateros, secuestradores. ¡Cómo no los agarran a todos y los matan de una vez! Bueno… ¡Ay! Ya no sé ni lo que digo. Matar es algo muy malo. Pero es que si alguien te hiciera algo a ti, yo no sé lo que sería capaz de hacer… Bueno, bueno, ya no hay que hablar de esas cosas –dijo la madre y se fue.

En realidad, Mayra no entendía muy bien lo que querían de ella. Le decían que socializara, pero cuando su mejor amigo, Tafo, iba a buscarla a su casa y salían a platicar en la banqueta, su mamá estaba todo el tiempo gritándole para que ya se metiera. En cambio Toño, su hermano, apenas un año mayor que ella, podía estar horas y horas con la novia encerrados en su cuarto.

Para los papás de Mayra, “el Tafo” (cuyo verdadero nombre desconocían) era un vago y siempre le hacían malas caras. Quizá por su apariencia: tenía un tatuaje en la pantorrilla; la ropa vieja, gastada y hasta rota; la piel muy morena y el cabello todo desordenado, casi siempre cubierto con el gorro de su sudadera negra. Nunca llevaba los brazos al descubierto porque no le gustaba que la gente mirara la enorme cicatriz que le dejaron los policías un día que lo atraparon pintando un espectacular: lo lastimaron, le robaron sus cosas y lo botaron en un terreno baldío.

Mayra admiraba los murales que Tafo hacía en las paredes, los puentes y los vagones de los trenes. Y a ella le gustaba mucho compartir en internet las fotos de esas pinturas. Pero su hermana mayor revisó su muro y les contó a sus papás que Tafo era un “artista callejero”.

-¡Siempre supe que ese muchacho no era una buena compañía! ¿Qué en su casa no le enseñaron a respetar la propiedad de los demás? A ver, ¿qué sentiría él si fueran a rayar su pared? Si yo fuera su padre, tendría mano dura para educarlo. ¡Ay, niña, no me gusta nada que seas amiga de ese vándalo! – decía el papá enojado.

-Tafo no es un vándalo. Lo conozco desde la primaria, él sólo busca expresarse –dijo la chica-. Eres igual que mi mamá. ¿Quién los entiende?… Primero dicen que hay que tratar a todos por igual y que hay que ser amables y luego salen con sus cosas. ¿Qué es lo que quieren, que no le hable a nadie?

-Siempre te hemos dicho que trates bien a la gente. Pero cuando alguien daña a los demás, pierde sus derechos. ¡El respeto se gana! Y lo que hace ese muchacho está mal. Yo no quiero que te vayas a meter en problemas por andar juntándote con él. ¿Qué no puedes hacer amigas en la escuela? ¡Júntate con niñas de bien: que tengan educación, valores, una buena familia…!

Mayra no quiso discutir más con sus papás y se alejó por un tiempo de su amigo, solo se comunicaba con él por mensajes. En la escuela le era difícil hacer amigos, porque en su salón había un grupo de chicas (“las princess”) que siempre criticaban su forma de vestir y se burlaban de ella. Así que fue quedándose cada vez más sumergida en sí misma. Hasta que una amarga tarde de lunes, la Trigonometría acabó con su rutina. El día que iba a inscribirse al tercer semestre le dijeron que el sistema no permitía su reinscripción hasta que recursara y aprobara la materia que debía. Tendría que dejar la escuela por seis meses. Esta noticia le cambió la vida pues tuvo que lidiar con sus padres y buscar un trabajo donde no le pidieran certificado de estudios ni experiencia.

Después de unas semanas logró colocarse como mesera en una cafetería. El lugar no estaba muy lejos de su casa, pero la hora de salida era ya al anochecer.

-Éste es el único trabajo donde me aceptan sin tanto papeleo -pensó-. Lo malo es que me da miedo regresar sola tan tarde. Si alguien pudiera acompañarme… ¡Ya sé! Se lo pediré a Tafo, seguro me dice que sí. Y bueno, a mis papás mejor ni les digo nada de eso porque se ponen todos locos.

Tafo, como siempre, apoyó a quien desde niño quería mucho. Así pasaron algunas semanas y la chica poco a poco logró habituarse al empleo. Los otros meseros también eran jóvenes. Había días que las propinas eran muy buenas, pero el dueño prohibía a los empleados conservar el dinero que les dejaban los clientes. Les ordenaba entregárselo a la cajera para “administrarlo”.

Una tarde lluviosa, la clientela era poca, así que los muchachos se sentaron discretamente en un sillón que habían arrinconado. A diferencia de lo que le pasaba en la escuela (donde se sentía atacada por “las princess”), en el trabajo Mayra se sentía con confianza para hablar. Así que se animó a hacerles a todos una pregunta:

-¿Siempre ha pasado lo mismo con las propinas? ¿Tienes que entregárselas a la cajera?

-No –dijo Roy, uno de los trabajadores que más tiempo llevaba ahí- las cosas cambiaron cuando don Jesús se fue y dejó a su hijo Marco al mando. Antes podíamos quedarnos con nuestras propinas completas, podíamos comer algunas cosas y nos pagaban más; pero desde que llegó Marco con su nueva administración… Nos prohíben casi todo y, pues, las propinas tenemos que dárselas a la cajera. Marco dice que él, por ser el dueño, merece las ganancias y a nosotros nada más nos da unos pesos.

-¡A mí me parece muy injusto! ¡Nosotros nos ganamos ese dinero y los clientes nos lo dejan porque los atendemos bien! Dijo Enrique, un chico que a Mayra le parecía guapísimo.

-Pues sí -dijo Karina-. Pero, ¿qué podemos hacer? No nos queda más que obedecer; el negocio es de ellos, así que ellos mandan. Nosotros somos solo los trabajadores.

Aunque Mayra estaba atenta a la conversación, se puso un poco inquieta porque sintió que Enrique se le quedaba viendo. Por primera vez en su vida, la mirada de un chico no le incomodaba, al contrario, le parecía algo encantador. (De hecho, Mayra había ido cambiando su forma de vestir desde que conoció a Enrique. Incluso comenzó a maquillarse y a plancharse el pelo). Roy interrumpió el leve coqueteo diciendo:

-¡Cómo que nosotros somos “solo” los trabajadores, Karina! ¡Imagina lo que sería de los negocios sin nosotros!

-No serían nada, estarían paralizados -dijo Enrique-. Y tal vez eso es lo que hay que hacerle ver a don Marco, a ver si así deja de quedarse con nuestro dinero.

Además del encanto que le producía Enrique, Mayra sintió en ese momento que su dulce voz estaba llena de razón. Se acordó de una frase que aprendió en la escuela y dijo:

-“Cuando una orden es injusta, lo justo es desobedecerla”. La orden que da Marco es injusta, así que no tenemos porqué acatarla.

-Bueno, tienes razón –dijo Roy esbozando una leve sonrisa-. Pero imagínate si nos ponemos a pelear con el jefe: nos corren a todos. Además, ya sabemos que la vida siempre ha sido así: hay unos que mandan y otros que obedecen… Mejor no meterse en problemas. ¡Menos tú que eres nueva, Mayra! No te conviene quedar como una revoltosa. A Enrique ya lo conocen por ser medio renegoso, pero no lo corren porque atrae a mucha clientela femenina…

Enrique se sonrojó un poco, pero luego se repuso y dijo:

-Pues yo sugiero que hablemos con Marco. Ya sé que es un riesgo, pero no podemos seguir así. El viernes le toca venir. Podemos pedirle que nos escuche.

Karina dijo que ella prefería no meterse en líos, pues con ese trabajo ganaba aunque fuera lo de sus pasajes para ir a la prepa y no quería perderlo. Sugirió que la solución estaba en guardarse a escondidas una parte de las propinas. Sin embargo los demás, incluyendo a Mayra, apoyaron a Enrique.

Aquel viernes Marco llegó ya casi a la hora de cerrar, los muchachos trataron de hablarle, pero él dijo que estaba muy ocupado. Ellos insistieron y dijeron que querían platicar sobre sus propinas, él solamente contestó: “¡Al que no le guste cómo se hacen las cosas aquí, puede irse!”

Esa noche Mayra se sintió muy enojada aunque, al mismo tiempo, muy unida a sus compañeros. Especialmente a Enrique, con quien se quedó a platicar un rato afuera. Tafo fingió estar contestando una llamada para darles tiempo a los nuevos amigos de conversar.

-Eres una persona muy valiente -le dijo Mayra a Enrique.

-Tú, además de ser valiente, eres muy bonita -contestó él.

La chica nunca se había considerado bonita. Pero aquel día, las palabras de Enrique la hicieron sentir muy bien. También a partir de aquel viernes, Marco comenzó a ir más seguido al local “para mantener el orden”.

Mayra comenzó a incomodarse mucho con la presencia de su jefe, pues casi no la dejaba hablar con los compañeros y hacía comentarios sobre lo bien que ella se veía. Estas cosas la ponían nerviosa, pero no decía nada por temor a que la despidieran. Hasta que un día Marco le dijo que se esperara un rato a la salida porque quería hablar con ella. Todos salieron del lugar, aunque Enrique se quedó afuera platicando con Tafo (quien esperaba a su amiga como cada noche).

Marco se acercó a Mayra y le dijo:

-Yo siempre recojo las propinas porque a veces los meseros son bien mañosos y no se merecen lo que les dejan… Pero…, pues…, contigo podría ser diferente. Tú eres muy trabajadora y últimamente te has puesto más guapa. Yo podría darte un poco más de dinero si tú te portas bien conmigo. ¿Por qué no vamos a un lugar más íntimo y platicamos con tranquilidad?

-No, Señor, no puedo. Ya me tengo que ir a mi casa- dijo Mayra e intentó irse.

-¡Qué! ¿A poco no te gusto? No te hagas, si bien que me doy cuenta que ya hasta te vistes diferente, te pintas y te arreglas para mí– dijo Marco tomando a la joven del brazo.

-¡Oiga! ¡Suélteme!- gritó la chica.

Tafo y Enrique escucharon el grito y se asomaron por los vidrios de la puerta. Alcanzaron a ver a Mayra forcejeando con su jefe. Enrique trató de abrir la puerta pero estaba cerrada con llave.

-¡La está lastimando! ¿Qué hacemos? La puerta está cerrada y si rompemos el cristal, nos meteremos en broncas –dijo Enrique-. ¡Llamemos a la policía!

-¡La policía va a llegar mañana! ¡Y ésos nunca arreglan nada!-contestó Tafo muy alterado y casi al momento rompió un vidrio.

Marco soltó a Mayra y comenzó a pelear con Tafo, se golpearon y se insultaron. Enrique abrazó a la joven y trató de calmar las cosas.

-¡Ahorita mismo voy a llamar a la patrulla y voy a hacer que te metan a la cárcel!–. Gritaba Marco haciendo aspavientos- ¡No sabes con quién te metes, pobre mugroso!

-¡Ándale! ¡Llámala! –contestó Tafo muy alterado-. ¡Que todos se enteren que eres una basura!

-¡Ya veremos a quién le creen los policías!– replicó Marco en tono burlón-.

Un par de policías llegó e intentó llevarse a Tafo. Enrique localizó a don Jesús, le explicó las cosas y le pidió que revisaran las cámaras de seguridad para comprobar que el responsable era su hijo, Marco. Aquella fue una larga noche, especialmente para Mayra, quien vivió tantas cosas en tan poco tiempo que se preguntaba si seguía siendo la misma niña que antes era.

Karla Alday

  1. K cualquier cosa k hagamos estemos consientes de k no dañen a los demás , ya que hay cosas que nosotros creemos que estan bien pero no un s damos cuenta k dañamos a los demás

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