Veamos esa película

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Cierto día, durante un descanso, todos los muchachos del primer semestre de bachillerato discutían sobre las tareas que tenían que realizar para el fin del período. Citlalli notó que Enrique estaba en un rincón con la mirada perdida. En ese momento ella se lo hizo notar al grupo.

—¿Ya vieron? Enrique está ahí solito. ¿Qué le pasará? ¿Le preguntamos?

Los compañeros se acercaron a preguntar. El primero fue Pedro:

—¿Qué traes, Quique? ¿Por qué tan solo? ¿Estás enojado? ¿Tienes problemas?

Enrique, como si lo hubieran sacado de un profundo sueño, balbuceó:

—Eh… no, solo estoy pensando.

—¿En qué?, si se puede saber ¿O es privado?  —preguntó Claudia.

—Ayer vi una película que me dejó muy pensativo. Ocurría en un sitio muy parecido a este, pero con tecnología más avanzada —contestó Enrique.

—¿Tecnología más avanzada? ¿Teléfonos que leen el pensamiento y no tienes que escribir? ¡Eso sería genial! —interrumpió Jared.

Todos rieron. Citlalli insistió:

—¿Cómo «tecnología más avanzada»? ¿Cuéntanos de qué trataba?

Enrique continuó:

—Era sobre un agente de una policía especial, como secreta, que trataba asuntos de crímenes tecnológicos. Para hacer su trabajo, ponían implantes de memoria y chips para que sus cerebros funcionaran mejor. También ponían partes mecánicas para ser más fuertes o más rápidos. Todos parecían ser mejores, pero al mismo tiempo, eran más como máquinas, como que iban perdiendo algo de lo humano. Eso me dejó pensando.

—Con esas mejoras mecánicas seguro sería el mejor futbolista de la escuela —intervino Jared—, y hasta a la selección podría ir. Seria una máquina imparable de hacer goles, sería mejor que Cristiano Ronaldo.

Claudia objetó:

—¡Claro que no! Si tú pudieras tener mejoras, por qué los demás no. Digo, en ese caso, todos serían mejores y entonces todo quedaría igual. O tendrían que inventar algo para que siguiera funcionado el espectáculo.

—O peor, que solo accedan a esa tecnología los que puedan comprarla, o los gobiernos. Eso aumentaría las diferencias; volvería todo más injusto, pues si solo unos pueden tener acceso a la tecnologías y las ciencias, entonces no son tan buenas. Como algunas medicinas que son muy caras y no todo mundo puede comprarlas —complementó Citlalli la idea de Claudia.

Pedro intervino:

—Me recuerda la vez que leímos el libro donde todos los seres humanos eran diseñados en un laboratorio y consumían sustancias para sentirse felices, ¿crees que la ciencia llegue un día a algo como eso? ¿que lleve a hacer feliz a la gente?

—Justo eso es lo que me tiene tan pensativo, la idea de cómo la tecnología o la ciencia puede modificar la vida que llevamos —coincidió Enrique.

—No es para tanto, creo que te preocupas demasiado. Los celulares son lo máximo; puedes sacar fotos del pizarrón y así no tener que copiar —dijo Jared en tono de broma.

—No lo sé, creo que es un asunto más complicado —dijo Claudia más seria—. He escuchado a mi papá decir que cuando él era joven solo había teléfonos en casa, y que no todos tenían. O que había epidemias, como el cólera, que mataban a muchas personas.

—¿Qué es el cólera? —preguntó Jared—. ¡Imagínate no tener con qué comunicarte! Si no le contesto a Lety un mensaje de inmediato, me corta y se consigue otro novio.

Todos rieron, pues la cara de Jared lucía muy seria. Después de las risas, Enrique continuó con seriedad:

—Eso es lo que me pone a pensar en que quizá no todo lo que sale en las películas sea fantasía, pues en la actualidad ya hay muchas cosas que nos permiten hacer lo que nuestros padres ni siquiera imaginaban, pero que también hacen más grave nuestro impacto sobre el mundo. Creo que deberíamos ser más conscientes.

Jared interrumpió de nuevo:

—Sí, eso de mandar tareas por correos electrónicos es una exageración… aunque imagínate tener que usar esas máquinas de escribir…

—Sí, parece que todos los inventos facilitan la vida —afirmó Citlalli.

—Aunque también la tecnología se usa para crear armas y drogas. Además, si no se usa para bien, puede ser peligrosa. Ya ves todo lo que pasa con la trata y el abuso en las redes sociales —señaló Claudia.

—Entonces, ya no entiendo. ¿La ciencia y la tecnología son buenas o no? Digo, no me imagino sin celular, pero tampoco creo que sea bueno que existan nuevas armas cada día —reflexionó Jared en voz alta.

—Sí, recuerdo que en ese libro, no todos vivian felices en las ciudades. También había gente que no tenía acceso a las ventajas de vivir ahí. Pero creo que eran más libres —agregó Pedro.

—Claro, también hay muchas consecuencias malas. En el pueblo de mi abuela solo andaban a caballo, ahora con los automóviles todo está muy contaminado —dijo Citlalli.

—El problema en la película era que algunos estaban tan mezclados con la tecnología que ya ni parecían humanos, eran más como máquinas que otra cosa —dijo Enrique.

Se hizo un silencio como si los amigos no supieran qué decir. Pedro lo rompió cuando exclamó:

—¡Qué bueno que no vivimos en ese mundo de tu película! Creo que en la actualidad todavía podemos hacer algo para no perder lo humano, o ser conscientes de los daños que pueden causar esos avances.

—Nunca lo había pensado así —dijo Claudia—. La tecnología y las investigaciones científicas parecen no ser absolutamente buenas, hay que pensar en lo que provocan y para qué se hacen.

En ese momento, Jared interrumpió:

—Ya va entrar la maestra. Vamos a clases.

Rumbo al salón, Citlalli le preguntó a Claudia en voz baja:

—Oye, ¿Quique nos dijo cómo se llamaba la película que vio?

Entonces Lety, que había permanecido callada, preguntó:

—Quique, ¿cómo se llamaba la película?

Francisco Giovanni Salinas Romero

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