Clase modelo: Contexto extra- lingüístico

Este debate contiene 0 respuestas, tiene 1 mensaje y lo actualizó Imagen de perfil de Jeannet Ugalde Jeannet Ugalde hace 3 años, 5 meses.

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    Jeannet Ugalde
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    El siguiente discurso realizado por Ricardo Flores Magón tiene como título “Orientación de la Revolución mexicana”, es realizado en 1914, cuatro años posteriores al estallamiento de la Revolución. El contexto extra- lingüístico está dado por las condiciones sociales, políticas y culturales en las que se inserta Ricardo Flores Magón, su filiación política y sus creencias en torno a la dirección que debe tomar el país, después de la revolución mexicana. Por otra parte el contexto lingüístico del discurso están dado por todo aquellos enunciados previos a lo que está planteado en el discurso y que sirven de base para la comprensión de lo que en el discurso es expresado.
    Les sugiero pedir a sus alumnos reflexionar en torno a:
    a) ¿Cuáles son los diferentes elementos que conforman el contexto extra lingüístico del discurso?
    b) Trabajar cada párrafo del discurso y extraer los distintos enunciados que conforman el contexto lingüístico del discurso.
    “Camaradas:
    Durante el periodo del Terror, en la Revolución francesa, un reo de buen humor dijo una vez: “La cárcel es un vestido de piedra”;[1] pues bien, amigos míos, yo acabo de quitarme uno de esos vestidos, heme aquí entre vosotros una vez más después de uno de mis acostumbrados viajes al presidio. Me despedí de vosotros como hermano, y como hermano vuelvo a vuestro lado; revolucionario me despedí, y revolucionario vengo; soy el mismo rebelde, y como rebelde os hablo. Escuchad:
    Este mitin tiene por objeto explicar que el movimiento mexicano es una verdadera revolución social. Unos cuantos hombres en América, y otros cuantos hombres en Europa, se han impuesto la tarea, nada envidiable ciertamente, de arrojar dudas sobre el carácter del movimiento mexicano, con el fin de que no se preste al Partido Liberal Mexicano el apoyo moral y material que necesita para llevar a buen término su obra de encauzamiento de la Revolución por medio de la palabra, del escrito o del acto.
    Movidos por no sé qué baja pasión, esos hombres, que se jactan de ser revolucionarios, propalan, jesuíticamente, unos —porque son cobardes— y francamente otros —porque son cínicos—, que el movimiento mexicano no tiene carácter social, y que es simplemente un movimiento de caudillos que ambicionan el Poder, como lo han sido la mayor parte de los movimientos armados que han tenido por escenario la América Latina, desde la independencia de sus estados hasta nuestros días.
    Y bien: ésta es, compañeros, una mentira, una vil y cobarde mentira que no sé por qué no quema los malditos labios que la arrojan. La Revolución Social existe en México, allí vive, allí alienta, allí arde con todos sus horrores y todas sus excelsitudes, porque las revoluciones tienen resplandores de infierno y aureolas de gloria; porque las revoluciones son azote y son beso, lastiman y acarician: son el amor y el odio en conflicto; son la justicia y la arbitrariedad librando el formidable combate del que resultará muerta una de las dos, y del cadáver nacerá la Tiranía, si la Justicia es vencida, o la Libertad, al resultar victoriosa.
    La Revolución mexicana no es el resultado del choque de las ambiciones de caudillos que aspiran a la Presidencia de la República; la Revolución mexicana no es Villa, no es Carranza, ni Vázquez Gómez, ni Félix Díaz: estos hombres son la espuma que la ebullición arroja a la superficie. Podéis quitar esa espuma, y subirá otra nueva; y si repetís la operación, nuevas espumas subirán hasta que el contenido del crisol quede libre de impurezas. Ésta es la Revolución mexicana.
    La Revolución mexicana no se incubó en los bufetes de los abogados, ni en las oficinas de los banqueros, ni en los cuarteles del Ejército: la Revolución mexicana tuvo su cuna donde la humanidad sufre, en esos depósitos de dolor que se llaman fábricas, en esos abismos de torturas que se llaman minas, en esos ergástulos sombríos que se llaman talleres, en esos presidios que se llaman haciendas. La Revolución mexicana no salió de los palacios de los ricos ni alentó en los pechos cubiertos de seda de los señores de la burguesía, sino que brotó de los jacales y ardió en los pechos curtidos por la intemperie de los hijos del pueblo.
    Fue en los campos, en las minas, en las fábricas, en los talleres, en los presidios, en todos los sombríos lugares en que la humanidad sufre, donde el hombre y la mujer, el anciano y el niño tienen que sufrir la brutalidad del amo y la injusticia del Gobierno, donde alentó la Revolución mexicana durante siglos y siglos de humillaciones, de miserias y de tiranías. El periodo de incubación de la Revolución mexicana comienza desde que el primer conquistador arrebató al indio la tierra que cultivaba, el bosque que le surtía de leña y de carne fresca, el agua con que regaba sus sembrados; continuó desarrollándose en esa noche de tres siglos llamada época colonial, en que los ijares del mexicano chorrearon sangre castigados por la espuela del encomendero, del fraile y del virrey, y continuó su curso bajo el Imperio y la República federal, bajo la Dictadura y la República central, bajo el Imperio extranjero de Maximiliano y la República democrática de Juárez, hasta llegar a hacer explosión bajo el dorado despotismo de Porfirio Díaz, en que alcanzó su máximo de horror la odiosa tiranía de cuatro siglos.
    Bajo el despotismo de Díaz que duró treinta y cuatro años se acentuaron los males del proletariado. En esta época acabó de perder el pueblo los pocos jirones de libertad y de bienestar que había logrado poner a salvo a través de la tormenta de cuatro siglos de servidumbre; las pocas hectáreas de tierra con que contaban los pueblos para su subsistencia les fueron arrebatadas por los hacendados, y los habitantes de México se vieron obligados a aceptar una de dos cosas: o trabajar para beneficio de sus amos a cambio de una miserable pitanza, o morir de hambre. La miseria se hizo insufrible; la tiranía era cada vez más brutal, y el pueblo comprendió que su miseria y su esclavitud provenían de la circunstancia de encontrarse la tierra en poder de unas cuantas manos, y de que quince millones de seres humanos no tenían un terrón para reclinar la cabeza.
    Para dar muerte a esas condiciones de miseria y de tiranía se levantó el pueblo mexicano, decidido a conquistar su libertad económica, y con admirable buen sentido ha comprendido que la garantía de su libertad y de su bienestar debe consistir en la posesión de la tierra por el que la trabaja.
    ¿No es ésta, compañeros, una revolución social? Y si tuviéramos tiempo para analizar los actos revolucionarios que han tenido lugar en México en estos últimos tres años, veríamos comprobada esta verdad: el pueblo mexicano se ha levantado en armas, no para tener el gusto de echarse encima un nuevo presidente, sino para conquistar por el hierro y por el fuego, Tierra y Libertad.
    Tierra y Libertad no son más que palabras, es cierto; pero estas palabras llegan a lo sublime cuando la mano del trabajador rompe la ley, quema los títulos de propiedad, incendia las iglesias, da muerte al burgués, al fraile y al representante de la Autoridad, y con gesto heroico toma posesión de la madre tierra para hacerla libre con su trabajo de hombre libre.
    ¿Qué otros ejemplos queremos de esta revolución para comprender que es de carácter social? Ejemplos de esta naturaleza se multiplican hasta el infinito: ya es el poblado rebelde, cuyas mujeres toman el arado y el rastrillo para cultivar la tierra conquistada a sangre y fuego, mientras los hombres, rifle en mano, tienen a raya a los soldados del sistema burgués; o bien, los hombres mismos labran la tierra conquistada, llevando cruzado a la espalda el fusil liberador, o, cuando hacer más no se puede, incendian el plantío y la casa del burgués, desbordan las aguas, hacen volar en mil pedazos la fábrica, desploman la mina, destruyen el ferrocarril, paralizando la vida de los negocios por medio de este sabotaje que no se atreve aún a practicar su hermano el trabajador de otros países, demostrando con hechos que esta Revolución no nació en los bufetes de los abogados, ni en las oficinas de los banqueros, sino que es el movimiento espontáneo de la plebe, que se venga de sus verdugos.
    Es el movimiento del pobre contra el rico, del hambriento contra el harto, del esclavo contra el amo, llevado a cabo por el único medio, el medio eficaz que tiene que emplear el desheredado de todo el mundo para destruir el sistema actual, y es éste: el fusil, la dinamita y la expropiación.
    Para que este movimiento sublime no pierda su carácter social desviado por los caudillos que aspiran la Presidencia, trabajan, sufren y mueren —lanzando el grito de Tierra y Libertad— los miembros del Partido Liberal Mexicano. Centenares de los mejores de los nuestros han perdido la vida en esta prolongada contienda en cumplimiento del sagrado deber de velar por el bienestar y la libertad de la clase trabajadora, y, sin embargo, hay corazones ruines, hay espíritus pequeños que aprovechan toda oportunidad que se les presenta para desfigurar, ante las miradas de los trabajadores de todo el mundo, la verdadera significación de la Revolución mexicana, y cubrir de lodo los sacrificios de los miembros del Partido Liberal Mexicano, cuya historia es una trágica historia de luchas, de dolores, de penalidades, de martirios sufridos con abnegación y con valor para conquistar, para todos, Pan, Tierra y Libertad.
    ¡Ah! Que hablen los traidores, que la envidia muerda, que la tiranía oprima, asesine y torture; mientras quede un solo liberal en armas temblarán de miedo y de rabia el Capital, la Autoridad y el Clero: la trilogía maldita que palidece cuando a sus oídos llega este grito formidable: “¡Viva Tierra y Libertad!” La trilogía maldita que corre a ocultarse cuando el liberal agita en el bosque, en la sierra, en la ciudad, en el llano, el símbolo bendito de la guerra de clases: la bandera roja. La bandera roja bajo cuyos pliegues están cayendo, heridos de muerte, nuestros hermanos.
    ¡Arriba, proletarios, y tended vuestras manos a los esclavos que forcejean con la muerte para conquistar la vida! ¡Arriba, hermanos de todo el mundo, y como un solo hombre, demos nuestra inteligencia, nuestro bienestar y nuestro dinero al esclavo, que por fin ha roto sus cadenas y con ellas resquebraja el cráneo del burgués, del sacerdote y del representante de la Autoridad!
    Y si alguien se atreve a vituperar la Revolución mexicana, ¡que se alcen todos los puños y obliguen al traidor a tragarse sus hediondas palabras! Y si alguien se atreve a manchar la reputación del Partido Liberal mexicano, ¡aplastadlo, como se aplasta un reptil!
    Camaradas: no olvidemos en esta noche de fiesta a los que sufren por defender los principios de Pan, Tierra y Libertad para todos. No olvidemos a Rangel,[2] no olvidemos a Alzalde,[3] no olvidemos a Cisneros,[4] no olvidemos a nuestros hermanos de Texas. Pensemos que mientras nosotros, unidos como hermanos, celebramos esta fiesta del Trabajo, en los calabozos de Texas sufren frío, hambre y maltrato un puñado de los nuestros, cuyo crimen es su deseo ardiente de ver a la humanidad libre y feliz, sin dioses y sin amos. Enviémosles nuestro saludo y nuestro aplauso, y algo mejor que todo esto: enviémosles nuestro dinero para que compren su libertad, porque, camaradas, bien lo sabéis, la justicia burguesa es una prostituta y a las prostitutas se les conquista con oro. Hagamos ese sacrificio: rellenemos de oro el hocico de esa prostituta —la justicia burguesa— para salvar de la horca a los mártires de Texas.[5] Os invito para que, a la hora de abandonar esta sala, depositéis en la mesa que se encuentra a la puerta vuestro óbolo para los mártires de Texas, teniendo presente que cada una de vuestras monedas es parte de la fuerza con que los desheredados tenemos que debilitar la garra ahora prendida a los cuellos de nuestros hermanos, y que éstos, en el fondo de sus calabozos, sentirán en sus corazones la dulzura de vuestra noble acción. Enviad a esos infortunados hermanos un rayo de luz; demostradles que sois solidarios diciendo al enemigo: “¡Atrás, miserable!; no te conformas con exprimirnos la sangre en la sección de ferrocarril, en la mina, en el campo; no te conformas con destruir nuestra salud con tu explotación, sino cuando los mejores de nuestros hermanos marchan a los campos de batalla a luchar por nuestra libertad y nuestro bienestar, te interpones tú y quieres ahorcarlos; ¡atrás, bandido!”
    Camaradas: una parte del camino de la redención está andada. Está puesta la primera piedra del edificio del porvenir, y no nos queda otra cosa por hacer que seguir adelante, ¡adelante!, al triunfo o a la derrota, no importa; adelante, aunque en nuestra marcha hacia la Vida tropecemos con la Muerte. ¡Viva Tierra Libertad!
    Regeneración núm. 177, 21 de febrero de 1914”

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