Actividad

  • Francisco Barrón ha publicado una actualización hace 1 semana, 5 dias

    Comienzo la semana compartiéndoles este artículo llamado La estandarización del pensamiento que aparece en el libro Filosofía inacabada de la filósofa Marina Garcés. El texto nos interesa porque defiende que la forma en que se escribe y argumenta la filosofía determina el tipo de filosofía que se hace en la actualidad. Transcribo para ustedes todo el texto:

    En la sociedad actual, dentro y fuera de Europa, la presencia de la filosofía se concentra sobre todo en la enseñanza secundaria y superior. En general se da por supuesto, y son prejuicios a cuestionar, que los niños no tienen por qué relacionarse con la filosofía y que fuera de una educación universitaria sólo puede haber, como mucho, opinión mediática y literatura de autoayuda. Muchos estudiosos han analizado el predominio visual de nuestra cultura mediática, pero seguimos viviendo en contextos culturales donde el discurso, aunque ya no se encuentre sólo en los libros, es omnipresente. Se habla, se discute, se escribe y se lee continuamente. Sin embargo, esto no quiere decir que estemos en un contexto abierto en el que se de un verdadero debate de ideas. El pensamiento se ofrece altamente estandarizado, en forma de opiniones y de consignas político-mercantiles. La filosofía siempre ha tenido como principal enemigo la opinión estandarizada, eso que se piensa y se acepta sin preguntar por qué, según unos parámetros del sentido común y de lo socialmente pensable. En Grecia la llamaban la doxa, la opinión. El problema es que este proceso de estandarización del pensamiento también afecta hoy a la enseñanza y, más específicamente aún, a la actividad académica en general. También en la universidad el pensamiento se ha estandarizado.
    Por eso, la pregunta por el lugar de la filosofía en la escuela y la universidad vuelve a plantearse hoy con urgencia y preocupación. Es obvio que la transformación de las instituciones educativas, la reducción de los presupuestos públicos y el desarrollo del mercado, tanto cultural como del conocimiento, son los elementos de una corriente que empuja, con fuerza, en una única dirección: la marginalización de la filosofía dentro de los programas docentes, las estructuras académicas y los rankings de excelencia universitaria. Sin embargo, aunque la pregunta por el lugar de la filosofía pue- de ser hoy urgente y pertinente, no es nueva. Por un lado, la situación actual no es más que la culminación de una larga serie de episodios de asedio a las áreas de conocimiento me- nos rentables para la universidad, que empezó décadas atrás. Pero por otro lado, la relación de la filosofía con la academia nunca ha sido clara, ni ha gozado de una única fórmula deseable ni estable. Platón inventó la Academia, pero nunca ha quedado claro que la filosofía sea algo académico, que pueda serlo de manera cierta y estable para todo el mundo y en cualquier contexto político y social. Así, la filosofía se encuentra en un lugar incierto, una vez más. La historia de esta incertidumbre es, en realidad, su propia historia.
    A diferencia de otros ámbitos del saber, altamente especializados, siempre ha sido posible relacionarse con la filosofía desde distintos lugares, propósitos y niveles de intensidad. La filosofía se puede estudiar en su historia, leer en sus textos, frecuentar en sus cuestiones existenciales o cosmológicas, debatir en sus consecuencias éticas y políticas, consumir como parte de la cultura general, utilizar como recurso para elaborar modelos de pensamiento aplicables a otros ámbitos… La filosofía se puede conocer, dominar, disfrutar, instrumentalizar, transmitir, vender, sintetizar, divulgar… Por eso hay tantos motivos para acercarse a una facultad de filosofía y tantos alumnos distintos que acuden a ellas. Y es por eso que el hábitat de la filosofía no ha sido nunca de forma exclusiva la universidad o las instituciones educativas correspondientes.
    Sin embargo, aunque la universidad no sea el ámbito exclusivo de la filosofía, la transmisión universitaria de la filosofia sigue siendo, hasta hoy, su principal correa de transmisión. Y el pensamiento en la universidad, hoy, se asfixia. La amenaza de asfixia que se cierne sobre la filosofía no le afecta únicamente a ella: con ella está en peligro la posibilidad de hacer del pensamiento libre y experimental la base del saber y de la investigación científica en general. Parece que la actual deriva de la universidad global no sólo acepta sino que apuesta por llevar esta asfixia hasta sus últimas consecuencias. La filosofía puede rebrotar a campo abierto y dotarse de los instrumentos para reinventarse, como en anteriores ocasiones, fuera de lugar. Pero ¿puede permitirse la universidad, como sede de la formación superior y de la investigación, asumir las consecuencias de esta asfixia?
    No se trata sólo de denunciar la deriva neoliberal y rentabilista de la universidad, sino de ver cómo afecta esto los modos concretos de hacer filosofía y de relacionarse con las prácticas específicas con las que se elabora el pensamiento. La filosofía se hace, básicamente, escribiendo. Nace con la escritura, y aunque integra otras muchas dimensiones de la vida y de la relación con la palabra, su medio, incluso su materia prima, es la escritura. Por tanto, hay que prestar atención a los modos cómo se puede escribir hoy en el mundo académico, porque en ellos encontraremos las claves de la estandarización del pensamiento en la academia actual.
    El verdadero problema que se presenta en la academia actual es el de una neutralización aparente de este conflicto en torno al «paper» (dicho en inglés) o artículo de investigación científica. En la universidad global actual todo profesor e investigador, sea del ramo que sea, tiene que ser única y exclusivamente un productor de artículos de investigación científica de impacto en los rankings internacionales de evaluación de la investigación. Los libros, el ensayo o la creación, la actividad cultural y social, incluso la docencia en la universidad misma, han dejado de tener valor alguno. Es decir, paulatinamente van desapareciendo no sólo de la universidad, sino de la actividad de quienes trabajan en ella. El paper, que así es como se llaman en inglés y ya hoy en todas las lenguas, este tipo concreto de artículos, es un estándar de escritura y de relación con lo escrito, muy determinado. En tanto que estándar, no es un modo de escribir entre otros, sino que ofrece el patrón de validez y el lugar de enunciación legítimo para todo contenido que se pretenda académicamente relevante. Los efectos sobre la escritura y, por tanto, sobre el pensamiento filosófico, son decisivos.
    En primer lugar, con el paper se disocian forma y contenido: a pesar de que nos hayamos mal acostumbrado a estudiar a los autores aislando los contenidos «doctrinales» de la trama de sus textos, en la escritura filosófica forma y contenido se reclaman y son inseparables. Su disociación es lo que convierte, precisamente, a la filosofía en discurso teórico y anula su carácter encarnado y experimental. Esto implica que en el paper se tiende al silenciamiento de la voz: este estándar formal tiene como consecuencia el acallamiento de la voz propia del filósofo o la filósofa, el borrado de su cuerpo en el texto ya formateado. ¿Quién habla en un paper? El experto. ¿Y a quién se dirige? A sus homólogos, otros supuestos expertos en la misma cuestión. El experto es la figura que corresponde a la lengua estandarizada de la academia y, por tanto, la única tipología de «académico» reconocible y valorable dentro de la universidad actual.
    Esta estandarización del lugar de enunciación y de los interlocutores de la escritura, tiene como segunda consecuencia la anulación de la experiencia: el experto no hace de la escritura un lugar de experiencia, ya que precisamente sólo puede aventurarse a la experiencia de su propia transformación quien está dispuesto a perder lo que ya sabe. El experto ha dejado la experiencia y sus incertidumbres por la investigación y sus resultados. Sobre eso es sobre lo que escribe. En filosofía esto supone abandonar todo problema filosófico verdadero en favor de dos tipos de topics (los temas, también según un término inglés): o bien las líneas de investigación privilegiadas por las comisiones dc evaluación de proyectos, según criterios predeterminados de relevancia académica, dictados normalmente desde otros campos de conocimiento; o bien, convertir a los autores de referencia ya no en interlocutores del pensamiento sino en objetos de investigación. La academia tradicional contaba con la imprescindible figura del estudioso que dedicaba toda su vida al conocimiento en profundidad de un autor y elaboraba monografías que facilitaban y acompañaban la labor de otros. Actualmente esta figura se ha generalizado, banalizado y se ha impuesto como la única posible a habitar. El experto en un autor, época o corriente es hoy ya no sólo la figura más habitual en las facultades de filosofía europeas, sino la única legitimada. Así, no sólo calla la voz del académico en cuestión, sino que con él es silenciado también el autor, ahora convertido en objeto de estudio especializado, al que se dedica su carrera de experto. En ese doble silenciamiento, la experiencia del pensamiento queda neutralizada.
    Todo estándar deja un afuera, todo lo que queda excluido o no es reconocido por sus parámetros de legitimidad. Por tanto, la tercera consecuencia de este predominio del artículo científico como centro de la producción académica es la demarcación de un dentro y un fuera de la escritura. Es un corte dramático, arbitrario y violento. El paper funciona como unidad de producción, de valoración y de evaluación de lo que se entiende como actividad investigadora. Pero además funciona como frontera. En tanto que estándar, deja fuera del ámbito de lo contable, visible, valorable y evaluable toda escritura que no se atenga a sus protocolos y a sus objetivos. Siguiendo la división entre comunicación para la comunidad de expertos y divulgación para el resto de la sociedad, toda escritura en el mundo académico ha quedado herida por esta división. Los científicos tienen la consigna «publish or perish» (publicar o morir). En los campos «de letras», podríamos variar los términos de la pregunta: «¿Es- cribes o publicas?». Sería el chiste que retrata la situación dramática de tantos «académicos», no sólo filósofos, que deben optar entre escribir para publicar dentro del marco establecido para ello o escribir lo que realmente necesitan pensar. En el caso de la filosofía, esta demarcación tiene un doble efecto cuyas consecuencias aún no hemos valorado suficientemente: por un lado, la filosofía que entra en el campo legítimo de la escritura estandarizada es una filosofía puesta en el ridículo de tener que presentarse a sí misma como investigación científica; por otro lado, el resto de escrituras filosóficas quedan adscritas o bien a la literatura (el filósofo como escritor) o bien al periodismo. El solapamiento natural entre la filosofía y la literatura, entre la palabra filosófica y la palabra poética, se convierte desde el bastión de la universidad actual directamente en un forzoso exilio extra muros. Y la relación con la palabra pública es abandonada a las fuerzas del mercado de la comunicación y del entretenimiento.
    Finalmente, hay una última consecuencia importante que, podría parecer anecdótica y no lo es: los ranking, establecidos por empresas de evaluación anglosajonas, premian la publicación en revistas de su ámbito lingüístico-cultural, con lo cual la escritura académica, al día de hoy, se encuentra cada vez más subordinada al inglés como lengua única. El dentro y fuera de la escritura académica tiene, así, un aspecto lingüístico determinante. La homologación de la actividad universitaria a los estándares internacionales de producción científica implica, obviamente, que ésta se comunique, cada vez más, en inglés, no sólo por criterios de utilidad sino directamente como parte de su valor añadido. Cuando la lengua es un mero vehículo de transmisión de hallazgos, puede tener una importancia relativa en qué len- gua sean comunicados. Pero ¿vale lo mismo para la escritura filosófica y para su singularidad creativa, personal y experimental? Está claro que no. La filosofía, en su tradición occidental y específicamente europea, ha tenido una relación en continuo desplazamiento con las lenguas, dado el carácter móvil y deslocalizado de sus lectores y de sus interlocutores. Según las épocas y los focos más intensos de creación filosófica, han predominado una u otra lengua europea, siempre en comunicación con las demás. Ha habido lenguas clásicas, lenguas francas y lenguas con más prestigio filosófico que otras, incluso lenguas hegemónicas y lenguas proscritas, pero lo que no ha habido nunca es una lengua neutra. Si hacer filosofía es crear conceptos y eso, como decíamos, «pasa» escribiendo, parte de la materia prima de la filosofía es la lengua en que se escribe. Escribir filosofía entraña siempre una decisión lingüística, una apuesta por entonar la lengua, sea propia o de adopción, de otra manera. En estos momentos, esta decisión se encuentra maniatada, chantajeada y supeditada al cálculo de un rédito que se contabiliza, directamente, en la carrera académica y en las posibilidades tanto laborales como de visibilidad institucional. Por tanto, en filosofía, las consecuencias de la estandarización de la escritura académica en torno al paper no son sólo formales (cómo se escribe un artículo científico) o de monopolio institucional (dónde se publica y con qué valor) sino que afectan directamente a la práctica de la filosofía y a las condiciones de su enseñanza. Ante la situación que acabamos de analizar, la pregunta que se nos plantea a los profesores universitarios de filosofía es obvia: ¿enseñar filosofía en la universidad es producir supuestos expertos y adiestrar a los alumnos a escribir papers en los que puedan demostrar su pericia investigadora? ¿O es otra cosa? Lo primero, supone renunciar a la filosofía simulando que se hace filosofía. Lo segundo, embarcarse en un dura tarea a contracorriente y la «clandestinidad».