Causalidad AI. 7

Narra Borges, en un ciclo de conferencias que fue recopilado en el texto Siete noches, con respecto a su relación con el texto de Dante, la Divina comedia, que el azar lo hizo encontrar los volúmenes del Infierno, del Purgatorio y del Paraíso. Con una acotación entre paréntesis: que no existe el azar, que lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad. Por ejemplo, cuando conocemos a alguien y asumimos que es cosa del destino —o el azar— y no de una red de causalidades que los pusieron en el mismo lugar.
Para Aristóteles la causa es el principio de todo ser, aquello de lo que depende la existencia de un ente, de algo que existe. Por ejemplo, pensaba que, en la naturaleza, ningún ser tiene la capacidad de generarse por sí solo, es decir, ningún ser natural acontece por generación espontánea, ni mucho menos puede pasar de su estado de potencia al de acto sin una causa que lo explique. Así, la semilla, que en potencia contiene al árbol, no se generó azarosamente y no puede, por sí sola, generar ese cambio substancial (pasar de semilla a árbol) sin una serie de causas que lo explique, pues nada en la naturaleza acontece de manera aislada y su cambio no es un resultado azaroso.
En su Metafísica, Aristóteles enuncia sus cuatro causas: causa material, aquello de lo cual se hace algo, siendo aquello inmanente en esto. Por ejemplo, la causa material de una mesa de madera es la madera misma; causa formal, la definición de la esencia y los géneros de ésta, así como las partes de la definición, es decir, la forma específica, la idea de “mesa”, por ejemplo, que es lo que nos permite distinguir una mesa de una silla; causa eficiente, aquello de donde proviene el inicio primero del cambio y del reposo, es decir, el motor que genera el cambio substancial. Por ejemplo, el que da un consejo es causa eficiente de aquel que es aconsejado, el profesor que aconseja al alumno es causa eficiente de éste; causa final, para lo cual existe, la finalidad o meta a la cual está dirigido, pues todo, según Aristóteles, tiene un fin al cual está determinado. Por ejemplo, la causa final de correr es la de cuidar la salud.

Elaboró: Luis Ángel Juárez Madrigal