Certeza

La pregunta que concierne al concepto de certeza alude, en primer lugar, a la posibilidad de acceder al conocimiento, y en segundo lugar, si es posible fiarnos de ese conocimiento; es decir, cómo podemos llegar a un conocimiento que no sea falso. Tener certeza de algo que se dice implica darlo por verdadero. Esta pregunta por la verdad del conocimiento y por asegurarnos podamos fiarnos de él, fue el hilo conductor que llevó a Descartes a proponer su método, el cual nos permitiría conocer con el rigor típico de la geometría, como nos dice: “Siempre he permanecido firme en la resolución que tomé de no suponer ningún otro principio que el que me ha servido para demostrar la existencia de Dios y del alma, y de no recibir cosa alguna por verdadera, que no me pareciese más clara y más cierta que las demostraciones de los geómetras; y, sin embargo, me atrevo a decir que no sólo he encontrado la manera de satisfacerme en poco tiempo, en punto a las principales dificultades que suelen tratarse en la filosofía, sino que también he notado ciertas leyes que Dios ha establecido en la naturaleza y cuyas nociones ha impreso en nuestras almas de tal suerte, que si reflexionamos sobre ellas con bastante detenimiento, no podremos dudar de que se cumplen exactamente en todo cuanto hay o se hace en el mundo.” Tal planteamiento lo encontramos en El discurso del método, en el cual plantea ciertas reglas para llegar a un conocimiento que sea claro y distinto. Así pues, la primera regla es la “evidencia” y por “claro” Descartes quiere decir un conocimiento que sea incuestionable, que se presenta directamente a nuestro entendimiento sin intermediaros que puedan conducirnos a error; por “distinto” se refiere a saberes que no se puedan confundir con otra cosa, que sean simples.

Descartes propone rechazar las opiniones sobre el mundo partir de nuestra razón y con evidencias, llegar a un conocimiento certero. Al rechazar todas aquellas proposiciones que se presentan como conocimiento verdadero, Descartes plantea que hay que dudar de todo y a esto se le conoce como “duda metódica”: dudar de todo implica empezar por los datos que nos proporcionan los sentidos ya que, según Descartes, éstos nos engañan; el filósofo describe en las Meditaciones metafísicas que tomó un pedazo de cera, sus cualidades físicas son bien perceptibles: color, figura, tamaño, olor, sin embargo, si la ponemos al fuego, su olor se desvanece, su tamaño y su consistencia cambian, ya no se puede tocar sin sentir quemazón en nuestros dedos. Dice Descartes:

Tomemos, por ejemplo, este trozo de cera que acaba de ser sacado de la colmena: […] su color, su figura, su tamaño, son manifiestos; es duro, está frío, se puede tocar y, si lo golpeamos, producirá algún sonido. En fin, todas las cosas que pueden distintamente permitirnos conocer un cuerpo se encuentran en él. Pero he aquí que, mientras hablo, lo acercamos al fuego: lo que quedaba de su sabor desaparece, el olor se desvanece, su color cambia, pierde su figura, aumenta su tamaño, se licúa, se calienta, apenas podemos tocarlo y, aunque lo golpeemos, no producirá ningún sonido. ¿La misma cera permanece tras este cambio? Hay que confesar que permanece y nadie lo puede negar. ¿Qué es, pues, lo que se conocía de ese trozo de cera con tanta distinción?

Al dudar de todo, Descartes se da cuenta que mientras duda, está pensando, y de ahí su pensamiento lo lleva a concluir que si piensa, entonces está existiendo, de ahí su famosa frase cogito ergo sum (pienso, luego existo). Es decir, su plan es conseguir algún fundamento que se resista a toda duda y por lo tanto la primera certeza es su propia existencia; de ahí pasará a la certeza de Dios y la del mundo.

Así pues, la mayor implicación del concepto de certeza es la pregunta por la capacidad del ser humano para conocer, la relación entre sujeto cognoscente y objeto conocido. De aquí se derivan cuestiones como la realidad fuera del sujeto, el medio o los elementos que tenemos para aprehender dicha realidad.

Ximena Juárez Monzón