Persona

En la Historia de la Filosofía[1] se desarrollaron varias nociones del concepto de persona o ser humano, por ejemplo en la Grecia antigua, el paradigma moral se expresaba en la figura del ciudadano, es decir, en el ser virtuoso. Este es un rasgo común en el pensamiento de los sofistas, Sócrates y Platón. Por su parte Aristóteles consideraba que el ser humano es un animal racional y también un animal político. En el pensamiento medieval cristiano existen dos nociones de persona que vale la pena destacar. Con respecto a la primera, San Agustín afirmaba que la principal característica del ser humano era el libre albedrío, el cual era considerado un atributo otorgado por Dios. La segunda noción fue ampliamente difundida por Santo Tomás de Aquino, quien afirmaba que el ser humano podía ser concebido como la imagen de la perfección divina, pues, según él, está hecho a imagen y semejanza de Dios. Estos planteamientos tuvieron una influencia decisiva en el desarrollo de la filosofía medieval europea.

Durante, el Renacimiento se consolidó el humanismo como corriente de pensamiento, gracias a las reflexiones de Erasmo de Rotterdam, Marsilio Ficino, Giordano Bruno y Giovanni Pico de la Mirándola. Algunos rasgos de esa corriente de pensamiento eran: el reconocimiento de la dignidad humana y la reinterpretación de los textos griegos y latinos con la doctrina cristiana. Esta fusión de conceptos es palpable, sobre todo, por la persistencia del asunto del libre albedrío en los planteamientos éticos de la época.

En el caso de la “filosofía moderna” resulta pertinente estudiar la noción de persona esbozada por René Descartes, para quien el ser humano es una sustancia cuya naturaleza o esencia es el pensamiento, es decir, “el ser humano es una cosa que piensa”. Durante la segunda mitad del siglo XVIII, la Ilustración provocó diversos cambios en las normas morales y las costumbres. Para Immanuel Kant, la Ilustración consiste en hacer uso de la razón sin la guía de otro, este filósofo consideraba que la persona es un ente compuesto de voluntad y razón; además consideraba que la voluntad es algo que debe presuponerse en todos los seres racionales, para Kant, el ser ético se expresa mediante el desarrollo de una conciencia autónoma.

A partir del siglo XIX diversos filósofos cuestionaron, fuertemente, la pretensión de establecer un modelo o paradigma moral del ser humano. Sobre este asunto John Stuart Mill consideraba que: “La naturaleza humana no es una máquina que se construya según un modelo y dispuesta a hacer exactamente el trabajo que le sea prescrito, sino un árbol que necesita crecer y desarrollarse por todos lados, según las tendencias de sus fuerzas interiores, que hacen de él una cosa viva”. La libertad[2] es un elemento clave en la configuración de nuestro ser ético, pues cuestiona la pertinencia de establecer un modelo o paradigma moral. La espontaneidad y la posibilidad de elección constituyen dos rasgos característicos de la libertad que permiten comprender, cómo se desarrolla nuestra existencia en  el mundo.

Un lectura de mucha utilidad para el estudio de este concepto se encuentra en el libro Antropología filosófica[3] de Ernst Cassirer, específicamente en el capítulo VI, pp 57-64.

[1] https://youtu.be/3xzsb6Jjn7Y

[2] https://www.youtube.com/watch?v=Y_sOgXbEj2Y

[3] http://www.pansofia.it/files/2015/02/27/667-Ernst_Cassirer_-_Antropologia_Filosofica.pdf

-Osiris González

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