Sensación y memoria

Explicar las sensaciones es un problema bastante difícil, cosa curiosa si tomamos en cuenta lo fácil que es ofrecer ejemplos de ellas. Podemos mencionar  los colores, el dolor, el cosquilleo u hormigueo en la piel, el ardor, la comezón, el frío y el calor, entre otras. Pero ¿cómo le podemos dar a entender a un ciego lo que es el rojo?, ¿cómo podemos explicarle a un sordo el sonido del agua al caer por una cascada?.

Tampoco es fácil explicar  cuál es el mecanismo de la memoria, aunque recordamos desde cosas “sencillas” como sonidos, olores y sabores, hasta otras más complejas como canciones, fragmentos de lecturas o episodios de nuestra vida. Sabemos que existe una relación bastante estrecha entre la salud del cerebro y la capacidad para recordar, pero la manera en que se generan los recuerdos no está del todo clara.

En lo que sigue es importante no olvidar estas cuestiones problemáticas.

A pesar de las dificultades, parece haber bastante acuerdo en  filosofía para conceder tanto a la sensación como a la memoria un papel importante. Ambas son consideradas como la base o punto de partida para la experiencia y para el conocimiento.

En la antigüedad, Aristóteles aseguró en el primer libro de la Metafísica que las sensaciones nos hacen conocer, que en algunos animales la memoria se genera a partir de la sensación y que estos últimos son más inteligentes y capaces de aprender que los que no pueden recordar. Además, aseveró que la experiencia se genera en los hombres a partir e la memoria, a partir de una multitud de recuerdos del mismo tipo.

En algún punto se asociaron sensación, memoria e imaginación, e incluso se llegó a subsumir a la memoria en ésta ultima. Al-Fārābī, por ejemplo, distinguió cinco facultades del alma, entre ellas la sensitiva y la imaginativa. De acuerdo con él, la primera “es la que percibe por medio de uno de los cinco sentidos bien conocidos por todos” (Artículos de la ciencia política, Art. 3). Y la segunda conserva las impresiones de las cosas sensibles una vez que ya no están presentes. Esta misma facultad, además, se encargaría de separar y combinar los recuerdos de las impresiones sensibles de diversas maneras. Es así como se puede explicar, por ejemplo, que lleguemos a concebir a los centauros, aunque jamás hallamos visto uno.

Estas ideas  las podemos encontrar nuevamente a lo largo de la historia de la filosofía, por ejemplo en filósofos tan distintos como Hobbes y Kant.

El filósofo inglés, por ejemplo, afirma que el origen de nuestros pensamientos está en la sensación y que no hay ninguna concepción del intelecto humano que no haya sido recibida primero, por los órganos de los sentidos . También describe la imaginación como una sensación que permanece en nosotros, incluso cuando los objetos han dejado de ejercer su efecto. Según él, “imaginación y memoria son una misma cosa que para diversas consideraciones posee, también, nombres diversos” (Leviatán, parte 1, cap. 1-2)

Por su parte, Kant, asegura que todo pensar debe referirse a la sensibilidad, puesto que los objetos sólo nos son dados a través de ella. Y describe a la imaginación como “la facultad de representar en la intuición un objeto aun sin la presencia de él” (Crítica de la razón pura, A 19 y B 151).

A pesar de estos grandes acuerdos, todos los filósofos mencionados intentan explicar de diferentes maneras los mecanismos gracias a los cuales podemos tener sensaciones y recuerdos. Y algunos incluso renuncian al intento de hacerlo.